viernes, 19 de enero de 2018

La fauna callejera




El Instituto Andaluz de la Mujer (IAM) ha puesto en marcha, a falta de cuestiones más acuciantes e importantes, una campaña con el lema “No seas animal” y que tiene como finalidad erradicar el piropo a la mujer ya que, según este organismo, el requiebro y/o letanía deriva, a veces, en agresiones y abusos sexuales, caso de los integrantes de la llamada “manada” de triste recuerdo por sus aberraciones sexuales, aunque creo que el origen de sus atentados a la mujer no se debe al hecho de piropear sino a su manera de ser unos chulos depravados de mierda.

          Para tal fin, el IAM ha destinado una buena partida económica en carteles para acabar con esa “fauna” callejera a la que califica de buitres, cerdos y pulpos.

          A puntito de conseguir instalarme en los ochenta y dos años de edad, no creo ser sospechoso de pertenecer a esa tipología de hombres que va por la calle como cerdo, buitre o pulpo en busca de una mujer para hacerle, o decirle, una marranada; quede claro que ni en este maldito frontispicio con la ya inminente canina o cuando gozaba en plenitud del maravilloso estado de ser joven.

          Mentiría como un cosaco -no sé si los cosacos mienten- si afirmase que jamás he piropeado -rendirme- a una mujer, bien por su belleza o por su alto grado de inteligencia y, para más inri, siempre he mantenido que el amor comienza por el oído, no por un piropo en sí sino por una rica e inteligente conversación entre hombre y mujer.

          Y me pregunto, en estos tiempos de redes sociales que yo también uso, que tiene de malo si al paso de una mujer, más o menos bella, alguien pueda decirle, por ejemplo, “Viva la madre que te parió”.

          Llegará un momento que habrá que volver a escribir aquellos slogans del “Mayo del 68”, especialmente aquel que rezaba: “Prohibido prohibir


         

         

jueves, 18 de enero de 2018

De "La Pasionaria" a Ernest Maragall





Estaría por asegurar que el hecho más impactante que viví durante mi corta pero intensa vida como Diputado en el Congreso, incluido el golpe del 23-F, fue la aparición en el hemiciclo de Dolores Ibárruri, la Pasionaria, del brazo del poeta Rafael Alberti en el acto constitutivo del Congreso democrático y que daría lugar a lo que se conoce como Cortes Constituyentes; junto a mí, con negra toquilla y peineta adornando sus blancos cabellos, se posó una parte importante de la historia de España.

          Desconocedor un servidor de las formalidades para constituir el nuevo y esperanzador Parlamento, mi sorpresa fue mayúscula cuando el Letrado Mayor anunció los componentes de la Mesa de Edad, la que daría el pistoletazo de salida a la conformación de la Mesa ordinaria tras la elección de los trescientos cincuenta miembros que conformábamos aquella histórica asamblea que abriría las puertas a la futura Constitución Española.

          Presidió la Mesa de Edad “La Pasionaria”, flanqueada por Rafael Alberti y un compañero de UCD cuyo nombre no recuerdo. Uno de los letrados llamó uno a uno a sus “señorías” para que fuésemos depositando en las urnas los nombres de aquellos que conformarían la primera Mesa del Congreso; y así lo hicimos. Terminada la votación, Dolores Ibárruri regresó en majestuoso silencio a su escaño que, dicho sea de paso, dejó al poco tiempo.

          Ese majestuoso silencio, y mira que tenía cosas que decir y contar, contrasta con el alborotado mitin que el presidente de la Mesa de Edad del nuevo Parlamento de Cataluña, Ernest Maragall, ha largado, sin venir a cuenta y sin estar facultado para ello, a favor de los grupos independentistas y en contra del Estado, del gobierno de la nación y de todo lo que no oliera a “procés”.

          Esto lo narro a modo de enseñanza para aquellos que no conocieron los balbuceos del principio de nuestra actual democracia y para que comprueben la diferencia entre aquellos y los de ahora.

          Así fue; doy fe de ello.

martes, 16 de enero de 2018

De vivencias con Garrido Moraga, Antonio




Antonio Garrido Moraga se nos ha ido a los 63 años de edad y con su marcha a lo ignoto ha dejado un vacío cultural insalvable en Málaga, Andalucía y España. Actualmente era parlamentario andaluz, pero había ostentado, en política, los cargos de Concejal de Cultural del Ayuntamiento de “esta ciudad que todo lo acoge y todo lo silencia” y director del Instituto Cervantes de Nueva York. De una cultura prodigiosa, era capaz de inventarse un discurso, sin papeles de por medio, sobre cualquier cuestión que se le presentase; cofrade de cabeza y corazón era famoso en Málaga por sus pregones sobre la Semana Santa, razón por la que ha dejado un reguero de lágrimas al saber ella de su fallecimiento.

          Asistí con él y González Vera a Granada, hace más de veinticuatros años,  para crear la Asociación de Críticos Literarios de Andalucía en un acto multitudinario; con la elección de Antonio Hernández como presidente de la citada asociación, compartí con Garrido Moraga cargos de responsabilidad en la primera Junta Directiva, él como vicepresidente y un servidor como vocal adjunto a la presidencia. Juntos vivimos años de penuria e inmensa alegría, noches de frío en Arcos de la Frontera que se tornaban cortas por las mil y una historia que contaba el bueno de Antonio entre aquel grupo de escritores ilusionados por colocar a Andalucía en el lugar que se merecía en el mundo de las letras españolas. Y lo conseguimos; él ha muerto ejerciendo aún su cargo con el nuevo presidente, Morales Lomas y yo tuve que dimitir del mío por cuestiones de “tensión”, aunque sigo vivo.

          También hemos fomentado buena parte de la cultura malacitana y andaluza ejerciendo ambos como Patronos de la Fundación Unicaja, entidad esta que, en silencio y sin algaradas, puede considerarse el mayor Mecenas del edificio cultural andaluz; en las reuniones y posteriores almuerzos que sosteníamos me he deleitado con los diálogos culturales del maestro Manuel Alcántara -también Patrono- y Antonio, junto con otros contertulios con los que compartíamos mesa y copa.

          Sin llegar a ser grandes amigos y por ello sin conocerlo en su sagrada intimidad, puedo afirmar que nos ha dejado una “pieza” fundamental en la arquitectura de la cultura malagueña.

          Nos veremos, Antonio, nos veremos.